Sumario de Verdetierra


NUESTRA REVISTA VIRTUAL

 

POLOS CRÍTICOS Y CONTRATO PLANETARIO

Susan George, vice-presidenta de ATTAC (Asociación por una Tasa a las Transacciones para Ayuda de los Ciudadanos). En este artículo, escrito tras los atentados del 11 de septiembre, plantea la necesidad de un contrato planetario.

¿Cuales eran las mayores crisis mundiales antes del abominable suceso del 11 de septiembre? Se pueden identificar cuatro polos de crisis que son ­sin duda­ interdependientes:

- En primer término, el polo de destrucción del medio ambiente y especialmente las modificaciones climáticas en sí mismas esencialmente debidas a la excesiva, inmutable e inconsecuente dependencia de los combustibles fósiles de Occidente. Son de mencionar la contaminación del aire y del agua, la masiva destrucción de especies, la pérdida de fertilidad del suelo, la deforestación y así sucesivamente.

- En segundo lugar, el polo de la pobreza y de las desigualdades, con crecientes disparidades y una mala distribución de la riqueza, tanto en materia de empleos y de recursos, entre y en el interior mismo de los países, lo que consolida la brecha desestabilizante entre el Norte y el Sur y crea un sentimiento omnipresente de injusticia.

- En tercer lugar, la crisis de la democracia y de la toma del poder en todo el mundo, asimismo ligados al control ejercido por las élites, engendradas por enormes desigualdades. Se han podido señalar progresos formales en materia democrática en algunos lugares (elecciones, etc.) especialmente luego de la caída del muro de Berlin, mientras que es excepción la verdadera participación popular y la mayor parte de la gente ­tanto del Norte como del Sur­ ejerce poco o ningún control sobre las condiciones básicas de su propia vida.

- En cuarto lugar, la larvada amenaza de una crisis económica recesión/depresión. Una grave y estructural supercapacidad, regla casi general de toda la industria y los servicios; el desempleo masivo y la exclusión actuales solo contribuirán a hacer más pesadas las otras cargas.

EL 11 DE SETIEMBRE

Como si esto fuera poco, el 11 de setiembre de 2001 nos introduce en la era de la inseguridad radical y del conflicto supra-estatal. Debemos ahora enfrentar un enemigo oculto en las sombras, no declarado, sin territorio, que no lucha por objetivos racionales, que no respeta ninguna de las "reglas bélicas" establecidas a través de los siglos y que penetra con el horror de lo imprevisible en el hogar y en los lugares de trabajo de los poderosos, de los demócratas, de los "buenos ciudadanos".

Debemos evitar a cualquier precio el "choque de civilizaciones" al que se refiere Samuel Huntington. Tal es el escenario que bin Laden y sus camaradas fundamentalistas desean con todas sus fuerzas convencidos de que una acción generalizada contra los americanos, contra civiles árabes radicalizaría a millones de musulmanes y conduciría directamente hacia una guerra santa contra Occidente. El presidente egipcio Hosni Moubarak ha descrito a bin Laden como " un megalómano que quiere controlar el mundo entero". No debemos facilitarle la tarea.

Debe recordarse lo que decía el gran general chino Sun Tzu (alrededor de 500 años antes de Cristo): "No hagan lo que más les gustaría hacer. Hagan lo que a vuestro adversario le gustaría menos que hiciesen".

Pues bien ¿qué es lo que a un enemigo fanático, supra-estatal le gustaría menos que hiciéramos? ¿Cuales serían los caminos que deberíamos elegir para invertir sus objetivos proporcionando al mismo tiempo los remedios necesarios a las crisis anteriormente mencionadas? Tales caminos existen, pero hasta ahora los dirigentes políticos parecen hallarse indecisos, bajo choc. Una vez más será deber de los ciudadanos convencerlos de que deben actuar valientemente. El terrorismo nos está retrotrayendo a la memoria ­aunque menos esperanzada­ de los años cuarenta, cuando se concibieron Bretton Woods y el Plan Marshall.

Nos hace falta una nueva una estrategia keynesiana, actualizada y adaptada a la globalización, no solamente para Estados Unidos y Europa sino para todo el mundo. Es necesario que inyectemos en la economía global recursos que permitan evitar las crisis, como por ejemplo la recuperación del medio ambiente, la erradicación de la pobreza y la democracia gubernativa.

EL CONTRATO PLANETARIO

Un contrato planetario de tal naturaleza incluiría los siguientes elementos:

La recuperación y el mejoramiento del ambiente: Occidente debe superar su desastrosa dependencia de los combustibles fósiles, sobre todo de los producidos en aquellos países que a pesar de todas las posibles precauciones pudieran caer en fundamentalismos cuyo primer objetivo sería sembrar cizaña en las economías occidentales. Nos hace falta un programa que nos permita la producción masiva de energía solar, otros tipos de energías renovables y tecnologías limpias, con ayuda de subvenciones y créditos para la exportación si fuera necesario, así como también para sanear el Norte, replantear el Sur e incorporar medidas preventivas en todas partes.

Medidas en contra de la pobreza, que garanticen una vida respetuosa de la dignidad de cada uno; diferentes organismos de las NU han afirmado que se podría proveer agua potable, alimentos adecuados, vivienda, cuidado de la salud y educación para toda la población del planeta por menos de 100 mil millones de dólares anuales durante diez años. Condiciones democráticas: nadie querría seguir viendo repetirse la historia de los recientes decenios en que las élites han virtualmente recogido todos los beneficios tanto del comercio como de las ayudas al desarrollo. Los ciudadanos de Occidente están de acuerdo con la ayuda a los países pobres, pero solamente si se les garantiza que los recursos llegarán a quienes los necesitan.

En consecuencia, con el objeto de acceder a los beneficios del Contrato Planetario, los gobiernos del Sur deberían decidir que sean los representantes de la sociedad civil quienes administren y distribuyan los recursos. Todas las sociedades, cualesquiera fuere su grado de pobreza, tienen organizaciones de este tipo, representantes de los campesinos, los obreros, las mujeres. la comunidad de comerciantes, que gozan de menor o mayor libertad según el gobierno que fuere. Los países árabes o musulmanes que quisieran adherir al Contrato Planetario deberían demostrar su buena fe desembarázandose ellos mismos de sus riesgosos elementos fundamentalistas.

Sería probablemente útil incluir representantes de ONG y de la sociedad civil del Norte que ya han trabajado con los grupos más independientes del Sur para asegurar que los gobiernos y las élites no traten de manipular a la "sociedad civil" o de sustituirla. Ningún gobierno sería obligado a firmar el Contrato Planetario pero una vez firmado, debería aceptar igualmente el ejercicio de la democracia (y antifundamentalista , en general) sin calificar esta exigencia de "interferencias" o "neocolonialismo".

El modelo de tratamiento presupuestario de Porto Alegre (Brasil) debería inspirar la redistribución de los recursos. En dicha ciudad de 1,3 millones de habitantes, se otorga a las asociaciones de vecinos previamente elegidas, asignaciones presupuestarias para financiar sus proyectos prioritarios, democráticamente establecidos. Se ha terminado con el derroche y la corrupción. el Contrato Planetario debería asimimo contar con la presencia de un cuerpo de auditores profesionales independientes, con capacidad para recomendar que se suspendan los envíos de recursos en casos de corrupción o de desvíos de fondos cometidos por el gobierno o las élites.

EL FINANCIAMIENTO DEL CONTRATO PLANETARIO

Aunque se pudiera obtener realmente mucho más, 200 mil millones de dólares deberían ser suficientes para superar los polos de crisis, para sacar al mundo de la amenazante depresión actual. Recordemos que luego de terminada la Segunda guerra mundial, Estados Unidos destinó más del 3% de su PNB al Plan Marshall, conscientes de que la reconstrucción de Europa, su privilegiado socio comercial, era de interés para ambas partes. Una nueva perspectiva "ganador-ganador" de este tipo podría ser igualmente puesta en marcha a nivel mundial, con la ayuda de los siguientes elementos.

La actual ayuda oficial al desarrollo oscila alrededor de los cincuenta mil millones de dólares. Esta ayuda debería ser volcada en un pozo común y los países del Norte deberían dejar de usarla para generar exportaciones. En muchos países, las burocracias de las ONG dependen de los presupuestos gubernamentales de ayuda y por lo tanto es probable que se opongan a este planteo por lo que a su vez deberían replantear su posición.

La anulación de la deuda constituiría un enorme aporte. La condición democrática anteriormente citada implicaría el cese de pagos a los países del Norte. El cierre de los paraísos fiscales y la represión de la criminalidad financiera y del blanqueo de dinero de todo tipo permitiría a los gobiernos recuperar ingresos drenados hasta ahora por las mafias transnacionales. Una propuesta controvertida es la de la legalización de las drogas, su comercialización en negocios (comunes, sin alardes), en el marco de un "comercio equitativo" bajo control gubernamental e impositivo.Esta solución produciría millones de ingresos, reduciendo la cantidad de consumidores de drogas y terminando con la actual destrucción del ambiente colombiano por medio de la dispersión de exfoliantes. (Tanto ésta como las demás propuestas deben ser temas de debate. El comercio ilegal de drogas ha sido estimado en alrededor del 2% al 4% del producto mundial bruto, alimentando la economía informal, escapando a la fiscalización, alentando la criminalidad y la incorporación de nuevos drogadependientes. Usufructúa también del sistema financiero opaco que reinyecta sus ingresos en la economía legal y es necesario por lo tanto abordar este problema.)

La aplicación de impuestos tipo Tasa Tobin sobre las transacciones monetarias y otras de carácter financiero internacional. La llamamos "tipo Tobin" porque evidentemente la propuesta del profesor Tobin no es sin duda la más adecuada a la situación actual, dado que fue concebida para frenar la especulación y no para generar ingresos. La aplicación de un impuesto internacional a las fusiones empresarias transnacionales y sobre la adquisición de conglomerados que actualmente representan alrededor del 80% de las inversiones en el extranjero.

La imposición a las empresas transnacionales de un "impuesto unitario sobre los beneficios" que seguramente aprobarían los ciudadanos ya que sería justicia. Las multinacionales explotan actualmente la "transferencia tarifaria" y la "contabilidad creativa" para pagar menos de lo justo a los gobiernos del Norte, mientras que los impuestos se establecen cada vez más sobre el consumo y los ingresos laborales. Esto permitiría asimismo reducir las presiones ejercidas sobre los países del Tercer Mundo para que funcionen como paraísos fiscales de las multinacionales. Una parte de este impuesto unitario a los beneficios podría ser derivada al Contrato Planetario.

El hecho de instalar controles y equilibrios, de garantizar (como se dijo anteriormente) gobiernos para el pueblo en cada uno de los países y de establecer patrullas volantes de auditores anti-corrupción permitiría la creación de estructuras administrativas diferentes. Deberían reclutarse expertos de los organismos de las Naciones Unidas, reducir la burocracia a un mínimo y abolidas las cuotas de representación de cada país. Se debería crear un Comité independiente que dispusiera de verdadero poder para sancionar al administrador y al personal ejecutivo.

CONCLUSIONES

Un contrato planetario no sería sin embargo un remedio contra el mal inherente a los seres humanos ni contra el fanatismo de los fundamentalistas o de los fascistas, nada podría demasiado contra todo eso. Sabemos que los padrinos de los terroristas no se interesan demasiado por los pobres ni por la justicia, sino que por el contrario se nutren de la pobreza y de la injusticia, tierra propicia para las insatisfacciones. Hasta ahora Estados Unidos no ha mostrado un balance brillante: ha impuesto embargos, bombardeado, maltratado y matado a una cantidad incalculable de civiles. Los "humildes de la tierra" lo saben; saben que sus vidas no son juzgadas con la misma vara que las de los occidentales y saben también con claridad que es lo que se les rehusa, porque la mundialización también implica la inmediata difusión de informaciones e imágenes.

Frente a la desesperanza, vector de odios y de terrorismo, constituye nuestra responsabilidad proponer una alternativa, un contrato de esperanza y de renovación. Tenemos los medios y resulta necesario. Los ciudadanos lo apoyarán. Otro mundo es posible.

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