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 AGUABLANCA Y EL ESPEJISMO
DESARROLLISTA
Ramón Luengo, miembro de Los
Verdes de Extremadura
- 22 de febrero de 2004 -
Hay quien dice que el retraso histórico de
Extremadura se debe en parte a que perdió el tren de la
era industrial. Tal vez sea cierto, pero lo que entonces
pudo ser una debilidad, hoy, en la era postindustrial, es
nuestra fortaleza: Extremadura ha sufrido relativamente
poco los efectos negativos del desarrollismo industrial,
ha conservado casi intacto su capital natural y, a la
hora de impulsar un desarrollo económico sostenible, aún
estamos a tiempo de aprender de los errores cometidos en
otros lugares para no repetirlos.
Sin embargo, esta potencial posición de privilegio está
siendo desaprovechada por culpa de la estrechez de miras
de nuestros gobernantes, tanto nacionales como autonómicos,
que hablan mucho de "desarrollo sostenible"
pero que en la práctica siguen anclados en las viejas
ideas desarrollistas, ya obsoletas, apostando por
proyectos y modelos agresivos hace tiempo superados en la
mayoría de los países europeos por insostenibles e
ineficaces.
El proyecto de la mina de Aguablanca, en Monesterio, es
un destacado ejemplo de esta falta de perspectiva: una
mina de níquel a cielo abierto en una zona de gran valor
ecológico, a pocos metros de dos parques naturales, que
supondrá la destrucción irreversible de 350 hectáreas
de dehesa y el arranque de unos 30.000 árboles.
Escombreras de 40 m. de altura cubrirán un área de unas
120 hectáreas.
Asociaciones conservacionistas como Ecologistas en Acción
o Adenex han denunciado graves irregularidades en el
Estudio de Impacto Ambiental aprobado por el Ministerio
de Medio Ambiente, y han alertado del peligro de este
"Aznalcóllar extremeño", pues a pocos años
del desastre producido en la provincia de Sevilla se
plantea un proyecto similar, con una balsa de lodos tóxicos
de 100 hectáreas de superficie y 18 millones de metros cúbicos,
ubicada en terrenos con alto riesgo de filtración y
junto a la Ribera de Cala, que forma parte de la cuenca
de abastecimiento de diversas poblaciones, entre ellas la
ciudad de Sevilla.
Pero no sólo las asociaciones ecologistas se oponen al
proyecto. La Junta de Andalucía ha presentado un recurso
contra el visto bueno del Ministerio de Medio Ambiente,
la Diputación de Sevilla ha aprobado una declaración
contraria al proyecto de explotación y la Confederación
Hidrográfica del Guadalquivir ha determinado que el uso
actual de las aguas de la Ribera de Cala es incompatible
con la explotación minera a cielo abierto proyectada.
La escandalosa permisividad del Ministerio de Medio
Ambiente y de la Junta de Extremadura ante un proyecto
tan destructivo y peligroso sólo parece explicarse por
la seducción del espejismo desarrollista, que promete en
falso la creación de riqueza y empleo. Pero la realidad
es que el proyecto actual de la mina de Aguablanca dará
trabajo a muy pocas personas de la comarca y sólo
durante once años, tras los cuales el área afectada
quedará inservible. Subvenciones públicas y beneficios
para una multinacional norteamericana a cambio de
nada.
En una zona de gran valor natural, famosa por la cría
del cerdo ibérico y económicamente dinámica gracias,
entre otras cosas, a esta actividad y a la industria de
transformación relacionada, sobra una mina a cielo
abierto con la mala imagen y el enorme impacto ambiental
que conlleva. Sobre todo si se tiene en cuenta que en ese
mismo espacio la ganadería extensiva, combinada tal vez
con el turismo rural, permite un número similar de
puestos de trabajo y, a diferencia de la mina,
permanentes.
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